Los otros migrantes: Recorren el país para mostrar danzas Aztecas

Por Manuel Angulo C.

El sol cala fuerte. Apenas son las 10:00 de la mañana, pero ya el rostro, brazos y pecho de Miguel lucen sudorosos. Su ligero atuendo, formado por una especie de taparrabo, un peto y un penacho con plumas multicolores, está empapado.

El intermitente cambio de colores en el semáforo del crucero de las calles Francisco L. Montejano e Independencia marca a Miguel el momento en que puede empezar su danza prehispánica para luego buscar la manera de obtener unas monedas entre los automovilistas.


Pero Miguel no está solo. Lo acompaña su primo Elías Vargas López, de 33 años, y el sobrino de éste, Ceferino Octavio, de 9 años. Los tres forman un equipo. Un equipo que, desde su natal Oaxaca, se trasladan a lo largo del año por varias ciudades del país para dar a conocer parte de la herencia mexicana.

“Venimos desde la mixteca, somos originarios de Oaxaca, lo que venimos representando es la danza Azteca”, comenta Miguel, cuyos apellidos son Pérez Lozano y tiene 32 años.

Los bailes que Miguel y Elías presentan, al tiempo que hacen sonar unos tamborcillos y tocan una sencilla flauta, se repiten una y otra vez, durante horas. Las danzas Aztecas implican mucho esfuerzo y ejercicio, sobre todo cuando se practican bajo un sol calcinante y sobre un pavimento cuyo calor atraviesa fácilmente las sandalias.

Con todo y eso, Elías explica que en su pueblo natal, en Oaxaca, sólo se puede cultivar la tierra de manera muy rudimentaria, con una yunta de bueyes. Las tierras, agrega, son comunales, y apenas se puede sembrar frijol y calabaza, cultivos que se logran gracias a las lluvias de temporada.

“Este mes nos vamos a regresar, y empezamos a quebrar la tierra, empezamos preparar porque antes del 24 de junio ya tenemos que tener sembrado porque es en ese mes cuando se dejan venir las lluvias, para cosechar en octubre y noviembre”, dice.

Por supuesto extrañan los verde de las montañas oaxaqueñas. “Allá es más bonito, hay muchos árboles y el aire es fresco”, recuerda Miguel en tono de añoranza.

Conforme pasan las horas el sol calienta más. El pequeño Ceferino es quien resiente más las oleadas de calor que se intensifican cuando camina entre los carros para solicitar a los automovilistas que cooperen alguna moneda, luego de observar las danzas.

Algunos aportan, otros no siquiera bajan la ventanilla, renuentes a exponerse al calor, porque están cómodamente refrigerados en sus cabinas.
Aún así, poco a poco las monedas se van sumando. “Gracias a Dios, gracias a la gente que sí nos ayudan, para qué voy a decir que no nos ayudan, si sí nos ayudan, aunque un peso o dos pesos, pero sí nos ayudan, son muy amables”, asegura Miguel.

Los dos hombres y el menor finalmente deciden que por hoy ha sido suficiente. Sus rostros enrojecidos parecen salidos de un horno. Su piel morena brilla; sus labios secos buscan desesperadamente la boca de una botella de plástico con agua.

Un día más de trabajo terminó. El regreso a su tierra está cercano, pero el camino por recorrer será largo.

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